Héctor Magnetto: “Nos demonizaron, quisieron convertir nuestra marca y nuestro logo en sinónimo de vergüenza”

3 12 2016

Terminé de leer el libro Así lo viví, la larga entrevista de Marcos Novaro a Héctor Magnetto. El libro tiene dos prólogos -uno de Carlos Pagni y otro de Marcelo Longobardi- y se estructura en cinco capítulos con un anexo documental que contiene fragmentos de los discursos del CEO del Grupo Clarín en los encuentros gerenciales de ese conglomerado en los últimos años. Debo decir que las preguntas de Novaro son muy buenas y no esquivan las acusaciones que Clarín recibió del kirchnerismo, y las respuestas (donde se aceptan errores y se señalan responsabilidades) no esquivan esos tópicos. Para mi, esto es lo más importante de ese trabajo.

asi-lo-vivi

1. Kirchner y la prensa

Argentina debería promover la existencia de varios grupos de medios sólidos y autosustentables; obviamente, no a costa de destruirlos que ya tiene.

Los medios no eligen presidentes. La historia lo ha demostrado claramente.

[El kirchnerismo] apuntó a consagrar un modelo de gobierno basado en la concentración de poder, la perpetuación familiar y el rechazo de cualquier forma de control.

Como quedó demostrado con muchos otros actores de la Argentina, el problema no era yo, sino cualquier factor de la sociedad que no pudieran controlar.

Con la excusa de los intereses corporativos, se intentó negar legitimidad a la empresa periodística, que es, aquí y en el mundo, la base de sustentación del periodismo profesional.

Me parece que el caso de Clarín lo incomodaba [a Kirchner] especialmente por dos razones: percibía que tenía la autonomía financiera para sobrevivir sin la asistencia estatal, y no se sentía cómodo confrontándolo ideológicamente por la tradición desarrollista del diario y la mirada progresista de varios de sus periodistas.

Néstor Kirchner estuvo obsesionado desde el principio con nosotros. Diseccionaba cada tapa, cada título, cada epígrafe. Se quejaba con los periodistas y también llamaba a la empresa. No sólo cuestionaba análisis y opiniones, sino también el espacio que se les daba a las noticias. Buscaba siempre segundas intenciones, mensajes subliminales, conspiraciones. Desconocía o ninguneaba la lógica periodística.

A principios de 2004, con el secuestro de Axel Blumberg, el acto en la ESMA en el que Kirchner desconoció a Alfonsín y la toma de la comisaría de La Boca por parte de D’Elía, el gobierno recibió fuertes críticas en los medios durante una semana. La reacción de Kirchner fue destemplada. Según cuentan algunos de los integrantes de la comitiva que en esos meses lo acompañó en viajes oficiales a España y China, se irritaba cuando leía los diarios argentinos. Ellos lo escucharon insultarme a gritos por una columna de Van der Kooy, lo que refleja la concepción que tenía del periodismo: para él, todos eran escribas de los dueños.

Durante años, decenas de periodistas soportaron esta descalificación, sin más defensa que la de los colegas que se encontraban en una situación parecida, la de las empresas en las que trabajaban y la de una ética personal que demostró ser valiosa, porque les dio fuerza en medio de la tormenta.

En la calle, viví personalmente las dos cosas, las felicitaciones y los insultos.

Creo que el kirchnerismo, y algunas usinas académicas que terminaron siendo funcionales a él, mezclaron deliberadamente esos escándalos y fraudes con sus propios prejuicios sobre las empresas de medios, para establecer paralelismos más que forzados entre lo que pretendía hacer el gobierno argentino y los dilemas que enfrentaban los países desarrollados.

El objetivo era sentar las bases de un nuevo sistema de medios alineado con el poder político y desarticular al mismo tiempo un sistema de medios privado con posibilidades de autosustentación.

El kirchnerismo quería medios débiles, que necesitaran de la pauta o de otros negocios concecionados por el Estado. Que fueran para siempre tributarios del poder político. O si no, en el otro extremo, grandes corporaciones globales, que no tuvieran la más mínima intención de criticar al poder local. Aquí entran desde los grandes estudios de Hollywood hasta las corporaciones telefónicas o satelitales.

Un medio corrupto no tiene futuro: las audiencias lo detectan y lo abandonan.

En el mercado de medios argentino la competencia es muy intensa, lo ha sido históricamente. Proporcionalmente, hay mucho periodismo político en diarios, radio y televisión, y ha sido siempre muy diverso en términos ideológicos y partidarios.

Una estrategia razonable para un país más que fragmentar artificialmente medios para que terminen dependiendo de otras fuentes de financiamiento podría ser la de favorecer la existencia de diversos grupos de medios privados, autosustentados y diversificados. Y, en paralelo, establecer un sistema transparente de fomento para medios dedicados a atender segmentos específicos, comunidades puntuales, minorías, etc.

Cuando se empieza a hablar en serio de escalas, tecnologías y marcos regulatorios, se ve que los grupos de comunicación nacionales, entre ellos, Clarín, son chicos.

Las mismas posibilidades que tuvimos de integración […] o del ingreso posterior al mercado del cable e Internet, estuvieron disponibles para el resto de los actores de la industria.

Nos adjudicaron habernos beneficiado con la devaluación y la pesificación, cuando fuimos de los más perjudicados. Y obviamente, de haber apoyado el plan económico de la dictadura que Clarín fue el primero en cuestionar. Pero la verdad histórica poco importaba.

Uno de los objetivos de la estigmatización empresarial era disciplinar. Y lo hicieron muy bien con un grupo de empresas no menor, que prefirió hacer negocios a cambio de silenciar sus críticas. Fue otra impostura. Los Kirchner tuvieron un discurso de combate al capital, de enfrentarse a los intereses poderosos y concentrados. Pero la paradoja es que muchos de estos sectores convivieron pacíficamente con ellos sin hacer jamás planteos públicos críticos ni presentar objeciones a las decisiones de gobierno, por más dañinas que las consideraran.

Si podíamos ser atacados, denigrados y difamados todos los días a un nivel tan exasperante, era obvio que tan poderosos no éramos.

Creo que uno de los peores momentos fue cuando intentaron mezclar dos historias, el caso Noble y lo de Papel Prensa, para tratar de meternos presos a la señora de Noble y a mi. Era todo un delirio, pero contaron con la ayuda de algunos organismos de derechos humanos, de algunos fiscales y jueces amigos, y creo que estaban decididos a avanzar con eso incluso sin pruebas.

Cuanto más acorralados parecíamos estar, más gente confiaba en nuestra información.

Aguantamos, además -hay que decirlo-, porque teníamos espalda. Otros debieron vender, o prefirieron vender. No los juzgamos, porque quizás en algún caso era la única manera de proteger las inversiones y las fuentes de trabajo.

 

2. El conflicto, su historia y sus explicaciones

Clarín nunca estuvo casado con el kirchnerismo […] Es cierto que en los primeros años de Kirchner hubo decisiones que acompañamos editorialmente, porque creímos que eran necesarias.

[Sobre el deterioro de la relación en 2007, atribuido por el kirchnerismo a la supuesta oposición de Magnetto a la candidatura de Cristina a la presidencia]. Ese es otro gran disparate que intentaron instalar ambos, Néstor y Cristina, porque, como tantas cosas, estas teorías conspirativas eran mucho más funcionales a un discurso supuestamente progresista -en este caso, de defensa de género- que admitir que tenían un problema de intolerancia con cualquier disidencia.

En lo personal no compré el producto que se habían armado a su medida muchos sectores, incluidos varios empresarios y periodistas, que sostenían que la etapa que se abría con Cristina iba a ser de mayor calidad institucional.

Cada vez que publicábamos algo sobre los problemas de inseguridad […], Kirchner nos llamaba para hacernos un reproche y nos pedía que lo minimizáramos con el argumento de que los usaba la derecha para agravar la sensación de inseguridad y condicionar a su gobierno. A continuación, con mayor o menor sutileza, daba a entender que nos convenía llevarnos bien si queríamos crecer y ganar nuevos negocios. Al mismo tiempo, buscaba que otras empresas de medios ignoraran directamente esas noticias y se transformaran en sus voceras, ofreciéndoles negocios más directos, como la publicidad oficial, las licencias o los contratos estatales en otras actividades. El mensaje era siempre el mismo, inconfundible.

En nuestro caso, os llamados para quejarse arrancaban a la siete de la mañana, incluso desde poco después de que asumiera el poder.

Nadie desconocía los antecedentes de tipo más feudal de Santa Cruz, pero en los primeros tiempos se les hizo difícil avanzar a fondo con esa actitud. Y eso generó una relación inicial más razonable con los medios, en cuyas redacciones, hay que decirlo, había muchos periodistas esperanzados con un gobierno que se vendía a sí mismo como progresista, transversal y desarrollista.

Las prórrogas de licencias [de 2007] fue fruto de un pedido de empresarios que necesitaban tiempo para aprobar los concursos de Canal 9 y Canal 2; nuestras licencias no estaban en problemas y tampoco tenían una fecha de caducidad cercana ni mucho menos. Y en cuenta a la fusión [Cablevisión-Multicanal], estuvo lejos de ser una concesión. Cumplió toda la normativa de radiodifusión y defensa de la competencia.

Otras fusiones mucho más complicadas, como Mivocom con Unifón, o Quilmes con Brahma, habían tardado mucho menos.

En más del 90% de las zonas geográficas, las dos empresas [de cable, Cablevisión y Multicanal] no coexistían. En todas ellas había una o más ofertas alternativas, a diferencia de lo que pasaba con la telefonía [en el ingreso de Telefónica a Telco, accionista controlante de Telecom Italia controlante a su vez de Telecom Argentina]. Pero, paradójicamente, en este último sector el gobierno aprobó en tiempo récord que las dos únicas empresas tuvieran un accionista mayoritario en común.

Me parece que en toda la primera etapa del kirchnerismo faltó una posición común más fuerte de las entidades empresariales ante las distorsiones y arbitrariedades que se estaban gestando.

Fíjese qué sucede cuando se destruye todo, como en Venezuela.

En los primeros años, Kirchner solía dar a entender que teníamos que acompañarlo porque él venía a impulsar las banderas históricas de Clarín.

Con Kirchner tuve no más de siete u ocho reuniones en los cuatro años que duró su mandato. Y un par de veces más desde que asumió Cristina.

En la crisis del campo [Kirchner] llegó a hacernos insinuaciones de que con él podíamos ser los más ricos de la Argentina. Y antes me había preguntado si nos interesaba el negocio petrolero y hasta mencionó áreas en el Orinoco, en Venezuela. Yo trataba de zafar con elegancia. Le decía que nos sentíamos cómodos en nuestra industria y que más de un bife por día no comía, y eso cuando podía comer. Creo que él hasta llegó a fantasear con algún tipo de sociedad con nosotros. De hecho, quiso apostar a algo así con el tema Telecom.

Entre 2004 y 2005, fuimos muy enfáticos en señalar los problemas que surgían en la provisión de energía. Hablamos por primera vez de la crisis energética y muchos nos dijeron que exagerábamos. Esa fue la época en la que Kirchner intentó seducir al grupo Prisa o en la que buscó hacer crecer a grupos competidores nuestros, como Hadad y Vila-Manzano. La prórroga de licencias de TV abierta fue un ejemplo. En su argumentación, decía que buscaba compensar o equilibrar nuestra llegada a la audiencia, como relató Verbitsky en su momento en Página 12.

Yo creo que para Kirchner la corrupción estaba bien si servía para sostenerlo en el poder o, en sus palabras, si servía para sostener al progresismo en el poder. Lamentablemente, una parte de la intelectualidad, y del periodismo incluso, al principio habló de la corrupción y después se alineó con esa visión. No hace falta que le dé ejemplos.

Apretaban por un lado y por otro abrían una puerta para que concediéramos. Eso intentaron hacerlo durante largos meses; le diría que hasta las elecciones de 2009.

En una de esas conversaciones, Kirchner me lo dijo directamente: “A mi los millones de las retenciones [a la exportación de granos] me importan un pito. Yo tengo que destruir políticamente a estos tipos. Si gano esta, no queda nada enfrente. Limpio de malezas el camino al 2020”. Creo que me dijo la verdad, y agregó: “Para esta pelea los quiero tener al lado. Así destruyo a la Mesa de Enlace en menos de treinta días”.

“Te estás peleando con la gente no con la dirigencia”, fue mi respuesta. […] Entonces dijo que si se lo proponía, él podía sacar una ley de medios para complicarnos la vida. Fue la primera vez que utilizó ese tema como amenaza. Y creo que fue la última vez que me habló con cierta sinceridad.

En 2006 y 2007 sufrí un cáncer de lengua por el que tuve que someterme a distintos tratamientos. […] Durante todo ese tiempo tuve la sensación de que tanto políticos como empresarios, cada vez que me veían, se preguntaban cuánto tiempo de vida me quedaba. […] Néstor Kirchner fue evidentemente uno de ellos.

Fue por entonces que nos enteramos de que había existido cierto interés en indagar si alguno de los integrantes del grupo de accionistas de control podía tener intenciones de salir de la compañía.

Y me parece que en esa misma lógica se inscribió el intento del gobierno de interesarnos con una participación en Telecom. […] Como fracasaron, me acuerdo que Néstor Kirchner llegó a hacer algo inédito: se hizo entrevistar en 6,7,8 para intentar dar vuelta la historia. Dijo que se había negado a que nosotros compráramos Telecom y que por eso le habíamos declarado la guerra. Cuando sucedió lo contrario: en su cabeza, él había diseñado un negocio con gente de su confianza y pretendía asociarnos en él. Algo parecido a lo que venía haciendo con otras empresas de otras áreas, como YPF, varias otras energéticas o las constructoras de Santa Cruz. […] Arquitecturas típicas de un hombre que quería controlar personalmente porciones importantes del PBI, como le escucharon decir.

[Sobre el interés de Clarín en el sector de las telecomunicaciones]. La más clara fue nuestra participación en CTI [empresa de telefonía móvil que compró Claro], que tuvimos que discontinuar en 2000 como parte del proceso de reducción de nuestra deuda, en el marco de la recesión de esos años. Pero también habíamos tenido una sociedad con Telefónica en los inicios de Multicanal, y mantuvimos conversaciones con Telecom en 1998, frente a la sinergia que del otro lado mostraba Telefónica, con su participación en Telefe y otros medios audiovisuales.

Creo que a Kirchner lo irritaba sobremanera pensar que una herramienta de seducción armada, en su cabeza, a nuestra medida no funcionara.

Seguimos conversando con Telecom Italia mientras estuvo vigente su idea de vender.

Sobre todo les incomodaba que fuéramos un grupo exclusivamente de medios, que no tenía negocios en la obra pública o el juego o los pozos petroleros, que pudieran sacarnos o favorecer a fin de condicionarnos.

Tanto la reforma del Consejo de la Magistratura como el cierre de exportaciones agropecuarias fueron dos medidas muy cuestionadas en los medios, pero con poco eco social.

Yo no creí nunca que la ideología fuera para los Kirchner algo realmente importante; creo que fue principalmente una excusa.

El setentismo como cultura moldeada en la intolerancia y el autoritarismo fue adoptado por el kirchnerismo sin reservas, con la excusa de que, si se evitaban las armas, todo lo demás estaba bien, valía la pena reflotar el proyecto de aquellos años y adoptarlo como programa de acción. Y así lo hicieron.

Junto con el fantasma del golpe, el otro gran recurso que nació en esa crisis fu el “Clarín miente”. Pero fue el gobierno el que se dedicó a hacer de la mentira su mayor recurso de poder.

3. Los cañones contra Clarín, el “enemigo del pueblo”

No tengo dudas de que la cantidad y diversidad de medios, al menos genuinos y sustentables, que había en la Argentina antes de que el kirchnerismo abrazara la bandera de la ley de medios era mayor que la terminó habiendo después, cuando la mayoría de las voces se homogeneizó con el discurso k. […] ¿Cuántos países conoce usted que tuvieran, como había en ese momento, 5 canales de noticias, más de 10.000 radios, 15 o 20 diarios sólo en Buenos Aires o cientos de sitios digitales? Me acuerdo incluso de que un par de años antes el Congreso había sacado una ley para que las entidades sin fines de lucro pudiera tener licencia, un viejo reclamo d ese sector. O sea que decir que la ley kirchnerista vino a resolver temas como ese, también es falso.

En suma, la ley [de medios] era una ley mala no en los detalles sino en sus aspectos más básicos, mal redactada y, sobre todo, mal concebida.

Ni países como Venezuela o Ecuador en sus leyes de medios desconocieron licencias vigentes con años por delante.

Hay antecedentes de sobra en el derecho internacional que dejan en claro que la licencia de un medio es un instrumento para el ejercicio de la libertad de expresión, […] y por eso no puede ser asimilada a otros bienes económicos resarcibles.

¿Dónde escuchó usted que con el pretexto de generar más voces se buscara barrer con voces existentes cuando eso no era necesario para que entraran las nuevas?  ¿En qué país vio que se les permitiera a los grupos globales tener cuarenta o más canales e cable y a los grupos locales sólo uno?

Fayt [el ex juez de la Corte recientemente fallecido], de formación socialista, entendió la lógica de las empresas periodísticas que no quieren terminar como rehenes de gobiernos o de otros negocios.

La ley [de medios] fue una parte esencial de una estrategia de domesticación de la prensa.

Hasta que llegó al Congreso, la ley también fue parte de ese juego de extorsión que Kirchner quiso imponernos. Sin ningún disimulo. La última vez que me reuní con él fue justamente durante la campaña para las elecciones de 2009, cuando era pública la intención de presentar el proyecto de ley, pero no se había iniciado todavía el trámite legislativo. Era bastante evidente el juego que en esos meses estaba haciendo, y para dejarlo a la vista nos llamó y ofreció, en sus propias palabras, una tregua.

“Si hago de eso [la ley de medios] un eje, la saco”, dijo.

En septiembre de 2008, luego del conflicto con el campo ya había comenzado a filtrarse en cámaras y entidades un anteproyecto coordinado por Mariotto [Gabriel, entonces interventor en el Comfer], que finalmente fue el corazón del que se terminó aprobando. Cuando gente de otros medios conversó con él y le marcó las arbitrariedades más evidentes, que parecían escritas contra nosotros, Mariotto dijo que esas osas estaban puestas para negociar. Así lo había pedido Kirchner. 

Los únicos que invirtieron en medios en esos años fueron los que usaron la plata del Estado.

Recuerdo el ejemplo que dio Marcel Granier, el dueño de la clausurada Radio Caracas Televisión, respecto de las preferencias de Chávez y Maduro por cerrar acuerdos, por ejemplo, con DirecTV, que no tenían intención alguna de incomodar al gobierno venezolano  produciendo noticieros locales ni haciendo investigaciones molestas. Acá pasó algo parecido y no con uno, sino con varios grupos.

Hemos sido auditados por las autoridades de defensa de la competencia por más de viente años y ninguna de nuestras operaciones de expansión fue objetada. En todos nuestros mercados, los consumidores tienen la posibilidad de elegir, en ninguno existen barreras para la entrada de nuevos jugadores. Se suele dar el ejemplo de Cablevisión y Multicanal. Pero lejos de generar mayor concentración, tas la fusión, el marjet share de ambas pasó de alrededor de 50% al 39%.

[Tras el fallo de la Corte de 2013] Analizamos apelar ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, internacionalizar la disputa. Lo discutimos, y aunque hubiera sido jurídicamente irreprochable, no creímos que fuera la mejor opción en ese momento político.

[Sobre el plan de adecuación presentado por Clarín a la ley de medios tras el fallo de la Corte de 2013] No podían objetar ni una coma de la propuesta. […] Y sin proponer ningún cambio [rechazaron la propuesta], quisieron pasar directamente al desmembramiento de oficio. Ese procedimiento implicaba que el gobierno decidiera qué se vendería, y a qué precio.

Fue por eso que pudimos ir de vuelta a los tribunales y hasta un juez que antes había fallado en contra nuestro y a favor de la ley, aceptó nuestro planteo. Es que era demasiado obvio que el gobierno había violado hasta sus propias reglas para destruirnos.

Si no podía liquidarnos, al menos iba a mantener sobre nuestra cabeza la espada de Damocles.

La compra de Papel Prensa por los diarios fue beneficiosa para la industria y para la sociedad, como también lo fue, en sus orígenes, el proyecto de Papel del Tucumán, que exploraban otros diarios del país.

[Clarín] Fue el único que mantuvo el canal [de TV privatizado] sin venderlo en todo el tiempo de la licencia, como marcaba la ley.

[Sobre las leyes de quiebras y de bienes culturales de 2002] Este tercer momento histórico involucraba el riesgo de una masiva desnacionalización de empresas a través de la toma hostil por parte de acreedores extranjeros que pudieran aprovecharse de un cambio generalizado en la ecuación económica de sus deudores. […] Había antecedente que se remontaban a Estados Unidos en la crisis de 1930.

Si no comprábamos Canal 13, podríamos haber comprado poco después, más baratos, otros canales que se vendieron.

No recibimos licencias vacías, frecuencias de radio gratis tomadas del Estado, publicidad oficial, perdones fiscales o canjes millonarios de avisos por impuestos, como los que se hicieron públicos hace poco.

Y Cablevisión nos costó 1000 millones de dólares.

Contabilizamos más de 300 medidas administrativas contra nosotros.

La TV abierta, y más aún en la Argentina, que tiene un mercado publicitario del tamaño del de Perú, no puede bancar los costos del fúbtol. Por eso, en la gran mayoría de los países ese costo lo pagan quienes lo consumen.

Los políticos nos aman o nos odian por el diario, la TV y la radio, no por el cable. Frente a la opinión pública es más fácil y menos costoso atacar a un proveedor de cable que a un diario o una radio.

Después de ese allanamiento [de la Gendarmería en Cablevisión], el kirchnerismo volvió a la carga con un instrumento más amplio y sistemático, la ley de mercado de capitales, que creo fue una de las iniciativas más extremas de todo el ciclo. […] El artículo más importante los autorizaba a intervenir, sin orden judicial, cualquier empresa en la que un accionista minoritario denunciara que se habían afectado sus intereses.

Lo de Fibertel [la caducidad de la licencia para dar acceso a Internet] marca, para mi, el ingreso a la etapa confiscatoria de los Kirchner, como alguna vez he dicho. Pretendían directamente tomar los activos de las empresas privadas y quedárselos.  O, en el caso de Fibertel, entregar sus clientes a los competidores en un plazo de tres meses. […] El argumento era tan absurdo como decir que no teníamos licencia, cuando desde hacía años, el mismo Estado nos cobraba la tasa de esa licencia. Hay que pensar que llamaron por cadena nacional, la presidenta y sus ministros, a abandonar la empresa, y la gente hizo lo contrario: en vez de perder clientes, ganamos clientes en los meses siguientes.

Aunque en el caso de los hermanos Noble Herrera [investigados como presuntos hijos de desaparecidos] la investigación judicial sí concluyó, públicamente el kirchnerismo y sus aliados nunca reconocieron, ni mucho menos se disculparon por el daño causado.

En el caso de Papel Prensa inventaron directamente las pruebas.

Volvieron enseguida a la carga con otra ley, la que declaró de interés pública la producción de papel de diario, para regular su venta. Lo celebraron en el Congreso como otro gran triunfo de la democracia, pero lo que lograron fue el precio subiera más que nunca. Terminaron dañando a los diarios que, decían, iban a proteger.

La paradoja es que [representes del Estado, que era accionista minoritario del grupo Clarín luego de la estatización de las AFJP] se quejaban de que el diario ganaba poca plata en medo del boicot publicitario que había ordenado el propio [Guillermo] Moreno. O de que el cable podía ser más rentable, pero resulta que el mismo funcionario había querido aplicarle una tarifa discriminatoria. Era surrealista.

Desde el punto de vista del valor, hubiera sido mucho más conveniente “arreglar”, como sugerían desde el poder.

Nosotros pensamos que esa posibilidad de convivencia lógica no era real con los K, a pesar de que muchos pensaban que era posible. Eso fue lo que intentó, por ejemplo, Cisneros en Venezuela, al entrar en negociaciones quizás inevitables con el chavismo. Pero Cisneros prácticamente terminó viviendo afuera, sus medios degradados, y Venezuela terminó como terminó.

El tiempo ha demostrado que los supuestos ataques de los medios al kirchnerismo no eran otra cosa que la verdad que se quería ocultar.

4.¿Qué se aprendió del conflicto?

Puede ser como usted dice, que esta discusión siga abierta, pero la verdad creo que para la mayoría de la sociedad no hay tantas dudas. Tal vez sí existan en algunos círculos intelectuales a los que todavía les pesan diagnósticos un poco sesgados de este período que vivieron, en muchos casos, con apasionada intensidad.

Lo más importante para que una empresa de medios sea útil y confiable como proveedor de información es que sea sólida en lo financiero para no depender de un solo avisador, como por ejemplo, del Estado.

La verdad es que aquí y en el mundo el proceso de integración en multimedios es imparable e imprescindible. Sólo así se logran economías de escala, rentabilidades mínimas para invertir al ritmo de las innovaciones, y hacer a la vez productos de calidad. Sólo así se puede competir a nivel global.

El sector privado [argentino] cedió lugar en los últimos años al Estado como actor económico, todas los sectores industriales se concentraron, reduciendo la competencia y, por ende, la inversión en publicidad.

En todos los mercados en los que opera Clarín hay competencia.

Lo que en el mundo se controla son las prácticas anticompetitivas, los abusos de posiciones dominantes, no las participaciones de mercado logradas por el éxito editorial o de gestión.

Si se buscara fortalecer la industria nacional de contenidos de manera genuina, lo deseable sería que se consolidaran otros multimedios sólidos, que más empresas pudieran dar el salto. No multiplicar al infinito medios débiles, sin audiencia y sin financiamiento, cuando ya la cantidad que hay en la Argentina supera con creces la media de América latina.

[Los Kirchner] tenían muchas cosas para ofrecernos y lo hicieron, como ya lo conté. Desde áreas petroleras hasta participar con ellos en Telecom.

Clarín es un diario integrador en términos de audiencia, con una cosmovisión, diría yo, una idea de país. Es un diario que creció junto a las clases medias urbanas, con un registro amplio en las costumbres y la cultura, que históricamente defendió un proyecto de desarrollo con eje industrial, pero no sólo sustitutivo de importaciones, sino de mayor densidad de capital y  valor agregado. Integrado a la producción agropecuaria, con un rol del Estado complementando a la actividad privada, abierto a la inversión y con instituciones que funcionen de verdad. Es un diario que, en cierto modo, como le sucedía al desarrollismo, siempre tuvo que soportar críticas por derecha y por izquierda. Algunos lo criticaban por liberal, porque reivindicaba la inversión externa el rol de la actividad privada, y otros creían ver en él influencias comunistas, porque se preocupaba por el rol del Estado y la distribución de la riqueza.

En síntesis, tenemos medios porque son nuestro ADN y no para otro fin, para proteger otros negocios. Segundo, porque el hecho de habernos diversificado puede generar mayores dilemas y presiones, pero también nos da mayor nivel de solidez e independencia, no sólo frente a los gobiernos sino frente a otros actores económicos.

Hasta hace pocos años nadie discutía que el cable era únicamente un medio de comunicación. Así lo integramos a Clarín y así forma parte, hasta hoy, de nuestro grupo. De hecho, su rol de medio sigue plenamente vigente: no sólo porque en muchas ciudades produce la señal de televisión local más representativa, sino porque acerca a sus clientes una oferta de contenidos que muchas veces asegura su libertad de información. (…) También es cierto que a partir de la llamada convergencia, el cable ya no es sólo un medio de comunicación.

Seguimos reconociendo y reinvindicando nuestra centralidad periodística y de contenidos, pero hemos sumado otra centralidad, la de las comunicaciones convergentes.

A medida que los medios nos diversificamos, se abren más flancos para los intentos de presión del poder político, para los intentos de condicionamientos regulatorios o administrativos, incluso para la aparición de riesgos de imagen o conflictos de interés.

No quisimos involucrar a nuestras audiencias más de lo necesario en temas que no eran centrales para ellas, que no hacían a su vida cotidiana e intereses.

Acepté antes de estas charlas varias entrevistas con periodistas nacionales y extranjeros, así como con autores de libros e investigadores académicos. 

Nunca en la historia argentina un gobierno central manejó tanto dinero como durante la década kirchnerista, y lo usó por tanto tiempo y por tantas vías, para disciplinar al resto de los actores.

[En el gobierno kirchnerista] la polarización de los más duros buscaba neutralizar la influencia del  os moderados.

El mote de “prensa opositora” tuvo otro objetivo también: polarizar la escena pública para decir que todos los argumentos eran interesados. […] Querían arrastrar a la prensa a la lucha política, convertirla en propaganda contra propaganda. Así, aunque no recuperaran la credibilidad, podían quitársela al periodismo profesional.

Cristina Kirchner llegó a decir en varias oportunidades que no quería debatir con los suplentes sino con los titulares, con lo cual, de paso, daba una excusa para no debatir con nadie.

También hay que decir que cualquiera fuera el resultado de las elecciones, nunca dejamos de tener audiencias plurales, entre las que obviamente hubo siempre gran cantidad de simpatizantes oficiales.

La sociedad usa, en el buen sentido, a los medios profesionales. Lo hace como un reflejo en interés propio. Así como cuando lo votó quiso que al kirchnerismo le fuera bien, también quería que Clarín siguiera informando.

Ni Boudou, ni la tragedia de Once, ni el cacerolazo, ni el cepo cambiario, ni la inflación, ni la inseguridad habían sido invento de los medios. […] Ya no podían decirnos alegremente “Clarín Miente”. Cada día que pasaba estaba más claro quién mentía.

¿Cuáles de los cientos de hallazgos del periodismo en esos años fueron meros relatos en pugna? Fueron periodismo. Investigar e informar cosas del poder es, acá y en cualquier parte, hacer periodismo. Y hacerlo bajo ataque es doblemente difícil. A nadie la gusta trabajar en esas condiciones.

Respecto de la confianza de nuestros medios, podría decirle que en términos de audiencia estamos en uno de los mejores momentos históricos. Nunca antes tantas personas han leído Clarín -obviamente, muchas de ellas no en papel-, tampoco nunca antes los televidentes han consultado tanto nuestro material en video -es cierto que no todos en el televisor, ni al mismo tiempo-, nunca antes Radio Mitre ha tenido este share de audiencia.

[Sobre cómo gestionó el management de Clarín la empresa durante el conflicto con el gobierno kirchnerista] Dividiendo tareas, cuando fuera posible, entre quienes tenían que ocuparse de la emergencia político institucional y quienes se encargaban del día a día de los negocios. Y tratando, en todo caso -para los que no teníamos más remedio que afrontar ambas responsabilidades-, de desarrollar una suerte de “esquizofrenia funcional”, como la bautizamos acá adentro.

[Sobre los medios kirchneristas y lo que según Magnetto fue una falta de moral y de responsabilidad de esos empresarios] Digo moral porque en varios casos se trata de individuos que se enriquecieron en lo personal con ese modelo, pero no armaron una estructura que pudiera sobrevivirlos ni siquiera un mes. Se financiaron con pauta en el mejor de los casos, o con deuda impositiva en los más groseros. Pero siempre dejando a la deriva a sus productos y a los que los hacían.

Muchos de los referentes de la comunicación más identificados con el kirchnerismo hoy tienen más espacio que antes en los medios. No veo ninguna tortilla dada vuelta.

Algunos se sorprendieron de que las 17.000 personas que trabajan en Clarín se mantuvieran tan unidas tanto tiempo, enfrentando semejante presión. Que en medio de esa incertidumbre, del miedo que generaba no sólo el ataque administrativo, sino la agresión anónima de los fanáticos, nuestra gente saliera a la calle a defender su fuente de trabajo, y trabajara más que antes. Muchos se sorprendieron de que prácticamente no haya habido deserciones. Que no hayan logrado enfrentarnos entre nosotros, que no hayan podido sembrar divisiones aún con las acusaciones más arteras que hicieron circular.

Nos demonizaron, quisieron convertir nuestra marca y nuestro logo en sinónimo de vergüenza.

Si metemos la pata y nos equivocamos, lo corregimos y damos vuelta la página. No nos trae problemas psicológicos.

Seguramente, en algunos aspectos fallamos, pero acertamos en lo importante, en identificar en cierto modo la genética del kirchnerismo.

No entramos en ninguna transacción especulando con poder desescalar el conflicto: sabíamos que terminaríamos entregando una tajada de esa autonomía. Eso pensaron en Venezuela y los resultados están a la vista.

5. Clarín y el país de aquí en más

Tenemos que saber encarar con mucha agilidad los cambios que nos está demandando la audiencia para seguir siendo necesarios, útiles e interesantes.

Nosotros salimos de años de superviviencia. Primero, estamos terminando de ordenar todo lo que estaba patas para arriba. Cuestiones burocráticas, procesos administrativos, procesos judiciales sin causa. Una cantidad impresionante de cosas, tanto a nivel del Grupo como de las empresas y los accionistas. El ataque fue tan generalizado que no hubo área que no fuera tocada.

Cuando me hablan de supuestos triunfos culturales de ese gobierno [kirchnerista], yo discrepo. Creo que pagó muy caro ciertas ventajas coyunturales más bien acotadas. Y sobre todo efímeras, que no valían ni por asomo el precio que el país pagó.

Creo que la experiencia con el kirchnerismo enseña algo fundamental. Que la crítica ayuda, que la libertad genera tensiones pero beneficia a todo el mundo.

Pienso que nuestra sociedad y nuestras instituciones son más pluralistas y democráticas de lo que a veces se cree. Por eso se vivió cierto desacople en el discurso del kirchnerismo. Les hablan a los argentinos como si fueran cubanos de los años sesenta.

Pienso que el fracaso de la polarización fue una de las razones de la derrota del kirchnerismo. 

Dije que nosotros no elegimos ser enemigos de nadie. No aceptamos, eso sí, ser socios de un proyecto de poder político y económico.

Es casi parte del folclore democrático cuestionar a los empresarios de medios, acá, en Francia o en Estados Unidos. También es parte de cierto sentido común seudoprogresista pensar que los empresarios son malos y los cuadros técnicos son insensibles.

Para muchos [de los que adhirieron al relato o al menos no lo cuestionario] parece cómodo negarse a revisar esos años con la excusa de una supuesta neutralidad, en la que reflotan esa suerte de teoría de los dos demonios aplicada al ciclo kirchnerista, que es tan insostenible como su versión original.

Somos un país enamorado de las peleas. Eso no va a cambiar.

En todas las democracias del mundo lo fundamental de la tarea periodística se hace en empresas, no en organismos públicos ni en organizaciones sin fines de lucro, aunque ambos pueden ser, y son, importantes para el pluralismo y la vida pública.

Durante el ciclo kirchnerista, los que echaron a periodistas por cuestiones ideológicas fueron los medios públicos o paraoficiales.

Todas las empresas defienden su negocio. Y las de medios también. ¿Y  cuál es nuestro negocio? Que las audiencias nos consideren creíbles. Por lo tanto, tratamos de informarlas lo mejor posible. Nuestro trabajo está auditado las veinticuatro horas. Por la competencia, por decenas de referentes de la política, de la academia y de la vida pública. Y sobre todo por la gente, que contrasta lo que mostramos con lo que registra en su vida cotidiana.

Clarín nunca se alejó ni de la mirada ni del espíritu del desarrollismo. El ideal desarrollista, obviamente adaptado al siglo XXI, a los cambios geopolíticos, económicos y sociales de la actualidad, sigue siendo el norte en el que nos sentimos reflejados. Yo me formé con Frondizi y Frigerio, igual que otros accionistas del Grupo.

Algunos me hacen un chiste, que como todo chiste tiene algo de verdad, respecto de si valió la pena tanto esfuerzo en sobrevivir cuando no sabemos qué va a ser de nosotros, un grupo local, frente a un escenario global de medios en crisis y de telecomunicaciones dominadas por actores mundiales.

Vivimos en un universo donde ninguna institución tiene el dominio de la conversación pública y donde, para destacarnos, tenemos que extremar nuestra creatividad. Donde el talento se va convirtiendo en uno de los pocos diferenciales frente a la commoditización de la información.

Es cierto, tuve el enorme privilegio de sobrevivir a una enfermedad que no siempre da esa oportunidad. Pasé por todos los estados de ánimo: miedo, angustia, alegría. Y sobre todo, ganas de vivir. Haber tenido esa posibilidad hace que pasen a un segundo plano cualquiera de las consecuencias con las que tengo que convivir, como la dificultad para hablar o la imposibilidad de comer y beber como lo hacía antes. 

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