Con @aracalacana (Martín Becerra) terminamos en el barro, pero por una buena causa

12 02 2016

[Para los que perdieron el hilo: 1°) investigadores publicaron esta declaración, 2) yo me permití hacerles estos comentarios, 3) a los que a su vez Martín Becerra me respondió esto otro, y 4°) sobre eso otro respondo aquí abajo]. 

 

Reconozco que tu foto en el avatar de Facebook y Twitter (con guantes de box y en posición de pelea) me da un poco de miedo, pero como soy más inconsciente que cobarde, acá va mi respuesta (intenté que fuera corta, pero no hay caso, no me salió).

No quisiera que quienes nos leen se queden con un resumen equivocado: “Vos sos falaz. No, vos sos más falaz. No, vos. Vos, más. Fin del debate”.

Iba por ese camino, y me fui sumergiendo en el barro más y más. Hasta que llegué a este apartado…

Sobre la cuestión de fondo

“Lo que a muchos de los firmantes nos motivó el apoyo a los objetivos de la ley audiovisual fue el reconocimiento de la libertad de expresión como un derecho social amplio, colectivo, lo que supone obligaciones para el Estado no sólo en términos de eliminar la censura (directa e indirecta) sino también en la provisión de políticas activas para garantizar que todo ciudadano pueda recibir, investigar y difundir ideas diversas en los distintos medios. Como dice el fallo de la Corte Suprema de Justicia que validó la constitucionalidad de la ley audiovisual, para ello es preciso limitar la concentración de un sector que es clave en la tramitación de ese derecho social.”

Comparto palabra por palabra, especialmente en algunos aspectos como la eliminación de la censura directa e indirecta (eso remite a pauta oficial y a la ley antiterrorista) y el acceso de cualquier ciudadano a la información (eso remite a acceso a la información pública). Y por supuesto, coincido con los límites a la concentración económica en general (lo que remite a la ley de defensa de la competencia, cuyos mecanismos nunca se pusieron totalmente en marcha) y en el ámbito de la comunicación, en particular (lo que nos trae finalmente hasta las leyes de medios audiovisuales y de telecomunicaciones).

Pero sigo sin entender cómo un instrumento legal tan brutal, anticuado y elefantiásico como la ley audiovisual argentina -lamentablemente calcada además en otros lugares, como Uruguay- podría conseguir aquellos objetivos. ¿Dónde están en ese texto las garantías contra la censura? Yo lo veo al revés y creo que hay hechos que me dan la razón: ese texto legal introdujo nuevos mecanismos de censura y autocensura que se manifiestan de manera clara en el sistema punitorio previsto -en el que la ex Afsca puso además mucha atención a juzgar por el número de resoluciones que destinó a multas y sanciones-. ¿Dónde están las garantías para el acceso a la información pública? Nunca como en esta época fue más difícil saber quiénes son los verdaderos dueños (a lo que dedico buena parte de mi trabajo periodístico cotidiano, a riesgo -según me dicen- de cerrarme la puerta a potenciales empleadores en el futuro).

Creo que seis años de vigencia de la ley audiovisual permiten juzgar sus resultados, ya no solamente la letra o el espíritu. Que se haya aplicado “poco y mal” -muletilla que está poniéndose vieja- no invalida ese balance. Considero que la evaluación de esos resultados (salvo honrosas excepciones, entres las que está tu trabajo) no parece interesar a las carreras de comunicación en las que se predica una suerte de dogma sobre la ley audiovisual de manera a-crítica y sin revisar siquiera hechos simples y hasta googleables (yo he escuchado a estudiantes avanzados referencias constantes a cosas que no existen, como “los canales de televisión de pueblos originarios”. Así, en plural).

Aquel párrafo final de tu réplica, con el que empecé esta respuesta, me devolvió el optimismo sobre la posibilidad de que renuncies a la renuncia al debate, con el que arrancás tu texto. Pero no tengo más remedio que volver al barro porque en tu texto hay consideraciones personales que si callara concedería.

Porque respeto el rigor de tu trabajo y sobre todo tu honestidad intelectual siempre te consulté para mis notas cuando lo consideré oportuno y por lo mismo, me permití aportar mis comentarios a la declaración de los investigadores pensando que abría un debate que ahora encuentro prematuramente clausurado. La imagen que tengo de vos siguió intacta aún después de que me acusaras de macrista/oficialista (cuando el nuevo gobierno no había cumplido ni siquiera un mes en el poder). Sólo atiné a decirte: “Estás enojado”. Ahora creo que seguís enojado.

Es una gran carencia que sigamos sin “debate duro” -como lo llamó hoy Roberto H. Iglesias- sobre una ley que destruyó el sector privado audiovisual y terminó concentrándolo aún más de lo que estaba, que dejó indefensos a cientos -tal vez miles- de radiodifusores, que no generó empleo, que estancó el desarrollo de redes de comunicación más robustas en áreas muy necesitadas de ese recurso y que convirtió al Estado en un actor especialmente preponderante con todos los riesgos que ello lleva implícito en el contexto latinoamericano.

Sobre el kirchnerismo

Como criterio general, me parece que el progresismo -quiera o no- tendrá que resolver qué hacer con el kirchnerismo para seguir adelante. O lo rescata del destierro al que lo está empujando el peronismo y lo adopta para hacerlo suyo despojándolo de su gen corrupto y abusivo del Estado (“patrimonialismo”, término que aprendí de vos) , o lo deja allí para que se una definitivamente a la izquierda tradicional (buena parte de la cual ya ha dicho que no desea ese rejunte). Esta es una incógnita del sistema político argentino post 10/12/2015 pero que ya tuvo manifestaciones políticas anteriores, como la pérdida de votos del socialismo donde se había hecho fuerte y la condición testimonial a la que fue reducido el frente Progresistas en la última elección presidencial. Es decir, lo quieras o no, es también un problema tuyo, más aún desde tu desembarco en la política partidaria en Izquierda Democrática.

A mi, en cambio, la lógica K-Anti K no me preocupa (la veo superada por los hechos). Lo que sí me preocupa es la herencia autoritaria, hegemónica y centralista de la comunicación que deja el kirchnerismo y que forma parte de una herencia cultural con la que deberemos lidiar como sociedad.

 

Me alegra verte volver sobre tus propios pasos cuando pedís que debatamos a “libro abierto” la etapa kirchnerista. Hagámoslo. Pero hablar de una etapa macrista, y decir que yo la defiendo, me parece un poco prematuro. Y contradictorio con lo que también reconocés: que es conocida mi “prédica anti ley audiovisual”. En todo caso, el nuevo gobierno se sumó a esa prédica y no yo a la defensa de esas políticas (igual, prefiero no abonar esa idea porque me recuerda cosas que decían viejos periodistas en contextos de cambios drásticos de gobierno).

Sobre los antecedentes

 

Que yo conozca, este es el primer pronunciamiento en su tipo firmado por este conjunto de investigadores. Por supuesto, algunos de ustedes tienen antecedentes en cuestionar algunos aspectos de las políticas de comunicación de los últimos años. Por mi parte, considero que lo que más abundó es el análisis celebratorio de muchas decisiones de los poderes públicos. Y sobre la ley de medios en particular, hubo críticas a la aplicación pero poco o nada se ha dicho sobre su letra, el diseño de sus instrumentos o sus disposiciones, muchas de las cuales tenían destinatarios con nombre y apellido (a favor o en contra), como se suele reconocer “a puertas cerradas”.

En ese sentido, cada uno debe hacerse cargo de la responsabilidad que le toca, que es en principio siempre es una responsabilidad individual.

La declaración de los investigadores incluye un sólo párrafo de crítica a la política vigente en los últimos años y parece una mera concesión -básica en cualquier argumentación- para reforzar sus planteos de fondo. Y tengo que corregirte: el kirchnerismo sí cambió la regulación por decreto, como nos recordó -aunque no te guste, Roberto H. Iglesias- y lo hizo en un aspecto clave: la validez de las resoluciones de la autoridad de aplicación.

“Cuando el kirchnerismo operó a puertas cerradas, como afirma tu comentario, merecía crítica -y en algunas hemos coincidido- pero si el macrismo opera a puertas cerradas, está eximido de crítica… porque el kirchnerismo operó a puertas cerradas. Asombroso”, me decís. Podría contestarte que pongas ese párrafo en el espejo y donde pusiste “kirchnerismo” pongas “macrismo” y viceversa. Pero el debate sería enriquecedor si encontráramos los casos concretos a los que referirnos para no discutir sobre generalidades.

 

Sobre las falacias

En los últimos diez años, las falacias en general y la del género ad hominem en particular invadieron y colonizaron dramáticamente el debate público. El carácter siempre fraudulento de esos argumentos se vio potenciado por ser el recurso preferido del enorme aparato comunicacional gubernamental y paragubernamental que buscó concentrar la información en un relato único dominante. Los periodistas profesionales fuimos blanco de esas falacias y nuestros nombres e fotografías estuvieron en los medios públicos asociados a todo lo malo imaginable, a veces a simples connotaciones peyorativas (que en general tomaron forma de “hombre de paja”), a veces a delitos de lesa humanidad (ahí sí, casi siempre en forma de calumnia -con casos paradigmáticos como los de Magdalena Ruiz Guiñazú y Jorge Fontevecchia-).

Fue en los medios públicos y en muchos privados adictos a la publicidad u otros favores oficiales donde reinaron los comisarios político. Hay una larga lista de testigos que pueden dar fe (y hasta nombres). Hay comisarios políticos ya jubilados que llaman para pedir que no se les recuerde lo que fueron hasta hace pocos días. Esos comisarios no se andaban con metáforas como las que vos planteás sino con hechos concretos que afectaron la vida cotidiana de muchas personas y sus familias. En Canal 7 el comisariato no fue una metáfora.

Sobre las mayorías

Ofenderte por considerar que se te acusa de kirchnerista o porque creés que estás siendo blanco de la falacia ad hominem es esquivar el debate. Si hubo algo escaso en torno de la sanción de la ley audiovisual de 2009 es precisamente debate (sí, y no me vengan con que fue la más discutida de la historia y la más democrática y todo eso si no tienen algún elemento objetivo para aportar). Eso sigue pasando: dirigentes políticos y académicos que piensan idéntico se reúnen a debatir -y, claro, se aburren-. Pocas cosas más absurdas. Eso pasó y sigue pasando en torno de la ley audiovisual en muchos ámbitos.

Los foros a los que hacés referencia no fueron tan amplios y democráticos como la mitología alrededor de la norma hizo creer, tampoco fueron amplias las mayorías que aprobaron la norma aunque insistas en ello, y no fue lapidario el fallo de la Corte Suprema que en aspectos clave, como la retroactividad de la norma, salió con una mayoría ajustada de 4 a 3 votos.

La mayoría parlamentaria excedió al kirchnerismo sólo en un par de casos puntuales, el Partido Socialista de Santa Fe, que acompañó el proyecto un poco por convicción y otro poco porque quería tener su propia corporación de medios públicos (que a más de seis años de sancionada la norma todavía no está funcionando a pleno). El otro caso conocido es el de Proyecto Sur, que conducía Fernando Pino Solanas cuando aún no había asumido como senador. Es un ejercicio interesante y hasta tragicómico escuchar sus declaraciones previas a las sesiones en diputados y senadores y escuchar a los mismos dirigentes opinar sobre la ley y su aplicación dos o tres años después (no digo, seis, sólo dos o tres años después, y hasta incluso antes). Hay legisladores que defendieron la ley y que han escrito libros sobre su desilusión (el caso de Silvia Vázquez es paradigmático, tanto como su libro “De los K a los Qom”). El problema de la ley audiovisual es que tiene como peor testigo en su contra al paso del tiempo y la casuística nefasta que fue generando.

Alguno de los firmantes de la declaración estaba investigando el alcance y la relevancia de los foros y audiencias convocadas por el kirchnerismo antes de la sanción de la ley de medios. Ojalá tengamos pronto sus conclusiones.

Acerca del argumento de que los legisladores de “tres de las cuatro últimas formaciones políticas con mayor cantidad de votos en las elecciones presidenciales” apoyaron la ley es muy bueno, te lo reconozco. Aquí me hubiese encantado hacer un ejercicio bien stalinista, pero sólo por diversión y para ayudar a entender de qué estamos hablando. Tomaría varias fotos de la presentación a mediados de 2009 del proyecto de ley en el Teatro Argentino de la Plata y borraría a cada uno de los ilustres asistentes a ese evento que fueron abandonando el credo hegemonicista y cuestionando los objetivos de la ley. ¿Cuántos huecos quedarían en la foto? Se pueden criticar las políticas actuales, lo que es criticable -valga la redundancia- es hacerlo sin considerar de dónde venimos.

Sobre la “hipocresía” y la “estupidez”

Sería interesante retomar el debate sobre los parámetros regulatorios aún vigentes y dejar a un lado las cuestiones personales, pero reconozco que el estómago tira más y parece no haber más remedio que seguir en ese barro. Como ya le respondí en privado a algunos de los firmantes, hay que reconocer que entre los 40 hay distintas posiciones y trayectorias. Como te comenté alguna vez, en medio de alguna de las reyertas por la “aplicación de la ley”, cada uno debe ser responsable de lo que hizo o dijo, o dejó de hacer o de decir. Y sí, hubo y hay mucha hipocresía. Entiendo que te duela porque vos estás lejos de ser uno de los casos porque fuiste acusado de kirchnerista por unos y de antikirchnerista por otros en tus planteos sobre la aplicación de la ley audiovisual.

Y sí, también hubo mucha estupidez. Estupidez, en cambio, es un término un poco fuerte porque se usa siempre como insulto. Pero en alguna medida es acertado si se considera que refiere en última instancia a la “falta de comprensión”. Sigo convencido de que, tal vez fruto de una visión anticuada, hay cierta falta de comprensión al menos en dos planos: en dimensionar adecuadamente la gravedad de muchos episodios de la historia inmediata argentina, y en advertir la profundidad de las transformaciones que experimenta la sociedad, la política, la economía, y el “sistema de medios”, por la globalización en la propiedad de los medios, la atomización de las audiencias, la fragmentación de la oferta y la consiguiente crisis de los modelos de financiamiento de la producción de contenidos (detrás de todo lo cual está la digitalización de buena parte de lo que hacemos). Quienes estamos dentro del sistema de medios -en empresas tradicionales o en nuevos medios- lo experimentamos a diario en carne propia.

Sobre las supuestas “falsedades”

Yento a tu punteo, respondo con otro punteo:

Es falso que entre los firmantes haya alguien que participara de la redacción de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual”

¿Es falso que algunos de los firmantes integraron o asesoraron a la Coalición para una Radiodifusión Democráctica, cuyos 21 se supone están en el corazón de la ley? No digo que estuviesen al lado de Damián Loreti cuando se dio vida a cada artículo, pero yo creo que aquello fue participar en la redacción de la ley. Máxime cuando en el texto de la norma hay párrafos calcados de los 21 puntos. Para mi, es verdadero.

“Es falso que entre los firmantes no se hicieran críticas a la ley audiovisual”

Como ya mencioné, entre los 40 hubo -lógicamente- distintas posiciones (incluso referidas al foco que cada uno tiene en su trabajo intelectual). Lo que abundó fue más bien la crítica a la “aplicación de la ley”. La mayoría de los firmantes se cuidaron siempre de criticar el texto de la ley y, en especial, el supuesto “espíritu” de la norma. ¿Podés citarme alguna crítica consistente al diseño, alcance o dimensión de la norma? Tal vez se me pasó.

“Es falso que entre los firmantes no se objetaran cuestiones medulares de la implementación de la ley audiovisual (en los distintos capítulos normados por dicha ley)”

Es cierto, muchos objetaron cuestiones centrales en la aplicación (en particular, y como ya dije, vos mismo). Tal vez es sólo una percepción mía, pero noté mayor énfasis en justificar determinados procedimientos contra algunos de los grupos en situación de adecuación que la falta de adecuación de algunos otros grupos. Son muchos los firmantes y fueron distintas las actitudes, es cierto. Todos decidieron estar juntos en esta primera declaración.

“Es falso que entre los firmantes se subestimara o no se cuestionaran otras políticas centrales de comunicación de los gobiernos kirchneristas (aparte de la implementación de la ley audiovisual)”.

¿Es falso que es la primera vez que se pronuncian así sobre políticas de comunicación? No, no es falso. A mi me resulta muy llamativo sugerir la afectación de la “libertad de expresión” por la modificación por DNU de una ley sin hacer referencia ni siquiera velada al contexto del que recién empezamos a salir: apenas comenzamos a experimentar las consecuencias de muchos años de manipulación de los medios públicos, del crecimiento irresponsable de la pauta oficial con un reparto discrecional (con un manoseo de varios cientos de personas que no saben si tienen o no trabajo), del bloqueo en el acceso a la información pública, de una deliberada aplicación sesgada de leyes como la audiovisual, la de telecomunicaciones y la de defensa de la competencia, de la sanción de normas peligrosas no sólo para la libertad de expresión sino para el mismo estado de derecho, como la ley antiterrorista, y de una lista larga de flagelos que todos ya conocemos. ¿Hubo declaraciones de este tipo en aquellas ocasiones?

“Se trata de una agenda, además, que precede al kirchnerismo. Varios de los firmantes somos testigos directos (y discípulos) de debates que se iniciaron en el gobierno de Raúl Alfonsín. La agenda por la libertad de expresión no tiene fecha de caducidad, aunque en tu comentario pretendas endilgarnos un credo que en tu perspectiva es anacrónico”.

Precisamente, porque la agenda de la libertad de expresión no tiene fecha de caducidad, es aún más llamativa la omisión a los constantes y sistemáticos ataques que la libertad de expresión recibió estos años.

“Nuestra declaración no cita el NOMIC ni el Informe MacBride ni a McLuhan. Esos y por supuesto muchísimos otros autores, referencias y trabajos son materiales que atendemos. (…)”

En ningún momento digo que los citen. Yo soy el que lo cita (mal, y te agradezco la corrección). Debe ser porque justo estuve estos días leyendo y releyendo un par de textos y me topé con Ramón Zallo sosteniendo la vigencia del informe McBride y con Carlos Scolari compilando viejos textos de McLuhan y algunos de sus discípulos. Además, consideré oportuno homenajear a un académico celebrado “pero con recortes”, como Eliseo Verón, que cometió el “pecado final” de ponerse del lado de Clarín nada más ni nada menos que en una audiencia ante la Corte Suprema (y encima poco tiempo antes de morir). Ojalá nadie haya quemado sus libros, pero a juzgar por los ataques personales que recibí desde que publicaste tu respuesta, no lo descartaría.

Sobre la prédica contra la “ley audiovisual”

Todos tenemos sesgo cuando opinamos, siempre. Aún cuando aportamos hechos (porque siempre serán hechos que seleccionamos y recortamos). Todas las investigaciones que enumerás son concretas y reales. Yo puedo aportar mi propia lista -no desde la investigación académica pero sí desde la periodística, que en muchos casos resultó referencia y hasta insumo para el trabajo académico de otros-, pero esto sería todavía más largo y seguiríamos lejos del foco del debate.

Si mi prédica “contra la ley audiovisual” fuera tan conocida, no te hubiesen molestado tanto mis comentarios a la declaración. Lo que realmente es una pérdida de tiempo es discutir si hay que llamar a la norma “ley de medios” o “ley audiovisual”. Yo escribo en medios generalistas para públicos no especializados. Fue el gobierno anterior el que instaló en el público la marca “ley de medios”. Con ese “lector modelo”, a mi “ley audiovisual” sólo me sirve como sinónimo. Cuando hablo con vos, uso el término “ley audiovisual” (porque entiendo, respeto y comparto la mirada que lleva a distinguir las dos expresiones). Pero es otra pelea inútil (una más).

Sobre “cambalache(s) normativo(s)”

Teníamos un cambalache normativo con el decreto de Videla, que terminó ampliado y amplificado (el cambalache) por la ley audiovisual modificada por resoluciones y un decreto por el gobierno que la sancionó, superpuesta años después con la ley Argentina Digital -que la derogó parcialmente- y aplicada con una lógica de persecución política y económica por sectores ultras que no casualmente terminaron al frente de los organismos de aplicación.

No me viste criticar al Comfer porque era y soy un purrete irreverente. De todas formas, tengo mi artículo firmado en la revista MedioMundo, de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral, de 1996 o 1997, en la que, mirá vos, sí lo critico.  ¿Pero no era ese tipo de acusación propia de un “comisario político”? ¿Vos también caes en falacias?¿Serán las falacias propias de la condición humana? Sí, sí y sí.

El ex Comfer, la Afsca (pseudodemocrática) y el Enacom no tienen prácticamente diferencia en su constitución. Veremos en su ejercicio. Y habrá que ver también cómo queda ese organismo en una eventual nueva ley convergente que reemplace el actual cambalache normativo (prefiero llamarlo Frankenstein por el corte y pegue que quedó) hijo de la ley audiovisual, la ley Argentina Digital y el DNU 267/2015.

Sobre la concentración

Yo no defiendo la concentración ni acepto que me pongas en ese grupo. Sí me gustó tu referencia tácita a cierta tradición a la que yo aparentemente adscribo. Ojalá reveas tu decisión de no debatir y puedas ampliarme ese comentario (en serio, me interesa). Lo que sí digo es que no se puede hablar de concentración hoy como si estuviésemos en los 80 o en los 90. Y sí creo que hay algo nuevo, viejo. Ni el satélite, ni el cable ni ninguna otra tecnología cambió tanto el “sistema de medios” como las redes digitales, que además tienden a la simetría en su capacidad de transmisión. Creo que este es un buen punto de partida para avanzar en argumentos que sostengan qué cosas cambiaron y qué cosas son permanentes en ese análisis. Pero no, acá seguimos, en el barro.

De ninguna manera es atrasado proponer regulaciones para proteger el interés público, al contrario. Pero esas regulaciones deben ser eficaces en ese objetivo. Y deberíamos evaluar su eficacia para profundizarlas o corregirlas. ¿Cuándo empezamos?

En este punto, igual, quisiera agregar una consulta que no quiero que suene a chicana porque no lo es. ¿Cuánta formación económica promedio tienen quienes se dedican en el país a la “economía política de la comunicación”? Teniendo en cuenta, además, que la propia economía básica está siendo revolucionada en conceptos fundacionales -como el de escasez-. Y no es chicana sino interés genuino porque encuentro que en otros ámbitos regulatorios se plantean reclamos similares, como el de Crisanto Plaza en su muy interesante “Ensayo sobre la regulación de la tecnología”, que pide un “more economic approach” en la producción de regulación.

Voy a saltearme como si no lo hubiera leído eso de “cínicos exégetas” porque temo leerlo entre líneas y entenderlo mal.

Y tenés razón en tu último párrafo. Si hay algo que sobró y sobra en estas discusiones es soberbia y jactancia intelectual. Nos sobra arrogancia (el que esté libre… que tire la primera piedra). Y nos sigue faltando inteligencia.

Acá estaré para cuando arranque el debate en serio. 


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2 responses

12 02 2016
quipu2012

Leído, José. A diferencia de lo que afirmás (“A mi me resulta muy llamativo sugerir la afectación de la “libertad de expresión” por la modificación por DNU de una ley sin hacer referencia ni siquiera velada al contexto del que recién empezamos a salir”), en nuestra Declaración sí hay un párrafo al respecto, que nos fue criticado por colegas kirchneristas, además. Esta es una muestra evidente de que, como diría el bolero, no nos comprendemos, sobre todo porque discrepamos en el objeto mismo de discusión. Vos discutís una cosa, nuestra Declaración plantea otra cosa. En el medio se mezclan descalificaciones académicas o políticas, atenuadas ahora pero presentes. Para seguir con la lógica del bolero, continuar esta situación no la mejorará. Cada cual dijo lo que quiso decir y así debe ser. Saludos.
Martín Becerra (@aracalacana)

12 02 2016
Marcelo Celani (@mfcelani)

José. Muy buenos comentarios. Lamento este viraje en el debate porque tanto Martín como vos son dos excelentes profesionales. Creo que Martín tiene un punto al decir que la declaración habla de ciertas cosas y tus críticas hablan de otras que claramente son igualmente relevantes.
Los académicos ven en el contexto actual un enorme riesgo a que esos derechos no se vean protegidos. Y lo que vos decís es que la ley anterior tenía cosas mal pensadas.
Coincido contigo en que la ley, más allá de sus objetivos generales que buscan proteger y reparar los derechos a los que hacen mención los académicos, sobre los cuales creo que hay un consenso razonable, tiene serias falencias en la concepción de las reglas que usa para lograr tales fines. Mi punto se localiza en el tema de la desconcentración. Creo que es una ley que utiliza mal los instrumentos de competencia (mi especialidad, por eso opino). Por empezar define incorrectamente el mercado de medios. Lo hemos charlado con Martín en alguna ocasión.
Espero que podamos hallar la manera de encauzar una mejor ley, aún en el contexto actual.
Un saludo a ambos, Marcelo

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